VERANO 2026 (PRIMERA PARTE)
Revisando este blog para hacer
algunas correcciones, caí en la cuenta que llevo publicadas el mismo número de
entradas que años me han caído, es decir, 71 que no está nada mal.
Así pues, para deshacer este
empate, en los 15 días de Agosto que me había reservado para hacer algún
viajecito con mi moto, me organicé una visita con el ánimo de descansar y ver
cosas no conocidas de una zona que, cuando la descubrí en un viaje anterior en
el 2021, me dejó entusiasmado por su belleza, lugares, paisajes, gastronomía y
un largo etc.
Se trataba de la Ribeira
Sacra, a caballo entre Orense y Lugo y afortunadamente aún no explotada por el
turismo masivo y que me iba a permitir disfrutar de un merecido descanso con
excursiones a lugares no visitados en la primera ocasión.
Siendo consciente de que a mi
montura actual no le podía exigir las mismas prestaciones que a mis anteriores
Burgman 650 y, sobre todo, a mi cuerpo serrano tampoco, planifiqué el viaje de
forma tranquila haciendo paradas intermedias a la ida y a la vuelta y realizando excursiones que no tuvieran un
excesivo kilometraje. Aquí va el relato (en dos entradas para no hacerlo
pesado) de este viaje senil que me ha permitido revivir experiencias de otros
años siguiendo el lema de que “hoy no es un día más sino uno menos y hay que
disfrutarlo”. Como siempre pinchad en las fotos para ampliarlas.
Viernes
31, Sábado 1 y Domingo 2
Cuando ya tenía todo
organizado caí en la cuenta que había cometido un error. La salida la había
previsto para el 1 de Agosto, es decir, sábado, inicio y regreso de vacaciones
para unos y otros con el consiguiente atasco monumental a la entrada y salida de
Madrid. De manera que hube de cambiar el plan, saliendo el 31 de Julio que
supuse con menos masificación en las carreteras.
El plan era hacer noche en Las
Rozas y llegar a Orense al día siguiente pero
la entrada a mi alojamiento de Orense la tenía el día 2 y, aunque
intenté cambiarla, no lo conseguí. De manera que obligatoriamente tenía que
hacer una segunda pernocta. Para ello elegí un lugar que en un viaje anterior
no pude visitar adecuadamente por cuestiones meteorológicas y que me quedé con
las ganas. Se trataba de Puebla de Sanabria y de esta forma tardé tres días en
llegar a Orense que era mi destino final.
Con la moto cargada con lo
necesario para pasar dos semanas fuera
(la experiencia te hace aprender a viajar con lo imprescindible y olvidarte de
los “por si”), salí de Murcia con destino a Las Rozas. El trayecto no tuvo
complicaciones, las típicas paradas para repostar, estirar las piernas y
descansar las lumbares y, de paso, echar un pitillito. La verdad es que la
moto, a pesar de su limitada cilindrada, se comporta muy bien y no tiene
problema en rodar a 110-120 por autovía evitando con ello el atraco recaudador
de la DGT con sus variados radares.
Al llegar a Madrid algo de
tráfico para tomar la A-6 que sorteé sin problemas llegando a mi hotel en Las
Rozas y, tras comer, echarme una
reparadora siesta. Por la tarde un buen paseo, cena ligera y a descansar para
el día siguiente.
Este segundo día encontré algo
de tráfico moderado/intenso que en moto se lleva bien pues te permiten circular
por el arcén derecho y ya, pasando el túnel de Guadarrama, la cosa es más fluida.
Así que rodando con alegría,
parando cuando era menester y disfrutando de la carretera sin horarios marcados
llegué hasta mi primer destino. Era Puebla de
Sanabria, aunque yo había reservado un coqueto hotel en un pueblecito de al lado
(El Puente) porque ya lo conocía de un viaje anterior y me había gustado. Dejé
el equipaje, comí en su buen restaurante, descansé un rato y a media tarde me
dispuse a ver lo que me dejé en el tintero.
Me encaminé hacia la calle de
la Rúa, (peatonal y la más popular pero también la más inclinada del pueblo).
Es una pronunciada pendiente que te hace parar de vez en cuando lo que sirve
para ir viendo las casas solariegas que la jalonan. De esta forma, resoplando,
llegas a la pequeña Plaza Mayor donde se encuentra el Ayuntamiento y un
restaurante con las típicas balconadas
de madera repletas de flores.
Pero como no era hora de comer
ni cenar me dirigí hacia un clásico del románico zamorano: la iglesia de Nuestra Señora del Azogue que nos
presenta dos portadas, la meridional está bajo un porche entre la torre y el
brazo sur del transepto. Tiene tres arquivoltas de medio punto abocinadas, con
flores tetrapétalas la superior, baquetonada la del medio y anacelada la
inferior.
La otra tiene cuatro
arquivoltas apuntadas con columnas que tienen adosadas figuras de piedra de
pizarra mientras que el resto es de granito. Sobre la clave hay una cabeza de
caballero barbado.
Al lado se encuentra la ermita
de San Cayetano que perteneció a una familia noble leonesa y que por su estilo
neoclásico no suscitaba mi interés.
Al lado de esta ermita se
encuentra el castillo de la población, construido en el S. XV por los Condes de Benavente y que, como otros muchos,
ha servido de acuartelamiento militar y cárcel.
Regresé a por la moto y,
aunque no fuí por haberlo visitado en mi
anterior viaje, recomiendo a todo el que se acerque por estas tierras que se
acerque a contemplar el Lago de Sanabria ( lago glaciar más grande de la Península Ibérica y uno de los
mayores de Europa, con más de 3 kilómetros de largo, 1,5 de ancho y 50 metros
de profundidad ).
Terminada mi visita regresé al hotel para cenar y planificar
mi siguiente día.
Día que iba a suponer una gran decepción. Resulta que había
reservado un hotel para 9 noches como “campamento base” para realizar mis
rutas. En teoría el hotel estaba en Orense o cerca de la ciudad . Pues bien,
puse en marcha el G. Maps y, al llegar a Orense, ví que indicaba que
continuara. Le hice caso y comencé a alejarme de la capital orensana, me sacó
de la autovía para meterme por estrechas carreteritas de montaña mientras yo
rodaba y rodaba. Me paré y volví a sintonizarlo pero nada, él erre que erre.
Golpe de calor googeliano pensé y mientras como un idiota admirando el paisaje
y teniendo cuidado para no matarme en alguna curva cerrada. Tras casi 2 h. de
viaje llegué a una aldea y me metió por un camino descendente hasta llegar a un
caserío al lado de la iglesia. Entré y pregunté si la dirección era correcta y,
al afirmarme que sí, el alma se me fue a los talones. Resulta que en la reserva
de Booking solo ponía el nombre del establecimiento y Orense pero ninguna
indicación de que se encontraba a más de 50 kms. de la ciudad y por aquellos
caminos infernales.
El lugar era un enorme caserío muy, muy, muy rural. Con su
enorme perro, un par de gatos que circulaban a sus anchas, una especie de
pequeño lago con varios patitos nadando y una piscina en la que no me bañaría
aunque me pagasen. No hice fotos porque me daba vergüenza. La dueña me condujo
a mi rural habitación donde me desplomé sobre la cama y lloré en silencio. La
reserva para 9 días ya estaba pagada pero tenía claro que yo allí no podía
quedarme so pena de arruinarme las vacaciones porque desde aquel lugar era
imposible realizar los viajes programados.
Bajé y hablé con la dueña exponiéndole la situación que la
mujer entendió perfectamente indicándome que al día siguiente llamaría a
Booking para ver como se podía solucionar.
Pasé el resto de la tarde haciendo gestiones con el móvil
para intentar encontrar otro hotel que se adaptara a mis necesidades, prefería
perder el dinero pagado que tirar por tierra el resto del viaje. A fin de
cuentas solo se trataba de dinero.
Conseguí reservar otro hotel cerca de Orense (a 8 kms. por
autovía) y no tuve más remedio que pernoctar allí esa noche. De las gestiones
de la dueña nunca más se supo.
Lunes 3, Martes 4 y Miércoles 5
Me levanté, desayuné y volví a subir
a la moto para deshacer el camino y llegar hasta mi nuevo hotel para la
siguiente semana. Este si era un hotel “normal” con buena habitación con A/A,
cafetería, restaurante y a un precio asequible. Así que, una vez instalado y
recompuesto me encaminé hacia el primer destino de esa jornada.
Se trataba de un pueblo denominado Abeleda donde se encontraba una curiosidad
que había descubierto. Cerca del pueblo, por un camino de tierra bastante
infernal se encontraban los restos del Monasterio de San Paio (Pelayo en castellano), un edificio
del S. XII que fue abandonado con la desamortización de Mendizábal.
Lo primero que llama la atención es
que el atrio (a pesar de su abandono) conserva un cementerio. Ello se debe a
que la iglesia continuó siendo parroquial hasta el año 1972.
Conserva la portada de acceso y
sobre ella una pequeña espadaña con dos figuras ( probablemente San Paio y San
Juan Bautista ).
Pero lo más interesante está en el
interior de la iglesia con planta de cruz latina que, aunque ha perdido la
cubierta, conserva los capiteles de las columnas con representaciones vegetales
y zoomorfas y las impostas ¡policromados! con colores azul, rojo y amarillo
que, aunque con algún repinte posterior, se piensa que respetaron las
tonalidades originales.
Terminada la visita regresé por el
criminal camino hasta el pueblo para dirigirme hasta el cercano Beiro que también conserva su pequeña joya
en forma de la iglesia de
Santa Eulalia que es un destacado ejemplo del románico rural gallego.
Fechada entre finales del S. XII o comienzos del XIII y que ha sabido conservar
gran parte de se estructura románica original, aunque presenta añadidos
posteriores.
Construida con sillería de granito gris oscuro con líneas de mortero entre los sillares, el ábside semicircular está dividido en cinco calles por cuatro columnas entregas.
Los capiteles muestran hojas y pomas
y dos son figurados. Los tres paños centrales llevan un ventanal tipo portada
con arquivolta de baquetón y chambrana ajedrezada.
Los canecillos son figuras (persona sentada, otra con las pernas levantadas exponiendo su sexo, aves, cabezas de animales, etc.).
En la fachada occidental hay una
abocinada portada que es una auténtica joya decorativa ya que sus arquivoltas
se adornan con una impresionante colección de motivos vegetales y escenas
figurativas que, aunque erosionadas, revelan un minucioso trabajo de los
canteros.
Esta iglesia se encuentra rodeada
por un entorno rural que nos conecta con la Galicia más auténtica.
El último punto a visitar hoy se
encontraba en Xunqueira de
Ambía donde
se halla el Monasterio de
Xunqueira que, además de encontrarse cerrado, no conserva mucho de su primitivo
origen románico.
La fachada presenta dos
potentes contrafuertes con una media columna entre ellos que la divide en tres
paños. En el del centro se encuentra la espigada portada con tres arquivoltas
que se apoyan sobre columnas con capiteles no figurados. El tímpano es liso y
se encuentra horadado con un vano posterior y contiene la borrosa fecha de 1164
que se toma como referencia de la edificación. La puerta se remata con un
tejaroz que se apoya en arquillos y encima hay un enorme óculo.
En el espacio de entrada hay
un cruceiro que tiene dos caras, por una se representa la imagen de Cristo en
la cruz y por la otra la de la Virgen sosteniendo en su regazo a Cristo
fallecido. Ambas figuras presentan un deterioro bastante importante.
Terminado el recorrido y con
unos espléndidos 37º retorné a mi nuevo hotel para hacer lo que la meteorología
imponía: comida en el restaurante y subida a la habitación para, acunado por mi
A/A, darle un homenaje a mi recién estrenada cama.
Tarde de lectura y reposo para
mis maltratadas lumbares.
El día siguiente tenía dos
objetivos a priori interesantes. El primero era desplazarme hasta Ribadavia para ver el pueblo y un par de
monumentos.
Esta ciudad cuyo nombre
significa “a orillas del rio Avia” se considera la capital “oficiosa” de la
Ribeira Sacra. Tiene un pasado musulmán y fue conquistada para los reinos
cristianos por el rey asturiano Alfonso III y su expansión demográfica y
económica tuvo lugar en el S. XII merced al poder de sus numerosos monasterios
y a la comercialización exitosa del vino de Ribeiro que goza de cuatro
virtudes: vigor, color, olor y sabor.
En el S. XIV fue saqueada por
los ingleses al mando del Duque de Lancaster y ya en el S. XIX su poderío
vitivinícola fue diezmado por varias plagas de las vides, como el oídium, el
mildiu y la filoxera lo que obligó al éxodo a gran parte de su población. En
1947 fue declarada Monumento Histórico Artístico y hoy en día es una próspera
ciudad de 5000 habitantes con un importante patrimonio cultural y artístico.
Después de un paseo por sus
calles y plazas me encaminé a buscar uno de los lugares que me interesaban.
El Convento
de Santo Domingo se empezó a construir en 1271 (siendo por tanto gótico)
y fue habitado por la orden de los dominicos. Su cabecera es de gran belleza
con tres ábsides hemipoligonales (más grande el central) con estribos
escarpados en los vértices y bellos ventanales en el centro de las caras
planas.
La fachada occidental está
presidida por un gran rosetón y la puerta tiene tres arquivoltas apuntadas que
se apoyan en cuatro columnas y presentan
palmetas y chambrana de puntas de diamante.
En el muro norte hay tres
pequeñas puertas, una de ellas muy interesante por presentar un pinjante calado
por un óculo tetrafoliado.
En el interior llaman la
atención las bóvedas de crucería en abanico de la cabecera y los pilares de
semicolumas que separan las tres naves son de gran delgadez lo que confiere a
dichas naves un aspecto liviano.
El otro punto de mi interés
era la iglesia de San Xoán que fue levantada
por la Orden militar de los caballeros hospitalarios de San Juan de Jerusalén
en las primeras décadas del S. XIII. Consta de una nave rectangular y una
cabecera con largo presbiterio y ábside semicilíndrico. También posee un
campanario adosado al costado norte.
El ábside presenta una gran
belleza con la pega que se encuentra rodeado por edificaciones que no permiten
una visión de conjunto.
Se articula mediante columnas
entregas que se levantan sobre plintos y en cada paño hay un elegante ventanal
tipo portada con fina arquivolta abocelada y ancho guardapolvos ajedrezado. Los
capiteles de las columnas son vegetales.
El alero de la cornisa está
soportado por una estructura de arquillos ciegos sobre canecillos que se
alternan con metopas decoradas con relieves de lazos y animales.
En la fachada occidental se
abre una portada con tres arquivoltas de medio punto. Las impares con bocel y
escocias y la del medio con palmetas. Tiene una peculiaridad ya que en vez de
un tímpano convencional posee un arco que reposa sobre mochetas conformando una
especie de arco en gola.
Desde allí me encaminé por una
bonita carretera serpenteada, parando de vez en cuando para fotografiar el
paisaje, durante 38 kms. para buscar mi segundo destino del día.
Se trataba del famoso Monasterio de Oseira, un monasterio trapense de la
Orden del Císter que tuvo una fundación real y que a lo largo de su historia
tuvo una gran importancia económica y social en la comarca y otras tierras.
Se concibió para una comunidad
numerosa de monjes (es de los mayores de la orden cisterciense en España) y fue
levantado en las últimas décadas del S. XII y primeras del XIII.
Al llegar me encontré gran
número de visitantes en la entrada. Resulta que las visitas eran guiadas con
horarios determinados y la última de la mañana había sido a las 12,30 h. y eran
las 12,45. La siguiente era por la tarde a las 16,30 h.
La disyuntiva era permanecer
allí tirado casi 4 horas con un sol de justicia y sin comer o regresar al hotel
y hacer el mismo plan del día anterior (comida, siesta y tarde de lectura y
relax). Decidí que ya he visto muchos monasterios en mis andanzas de todos
estos años y, además, me pareció demasiado “turístico”. Así que me contenté con
entrar en la enorme tienda de recuerdos (esa estaba abierta de manera
permanente), comprar unas pastas de los monjes y, al salir, realizar unas fotos
del exterior.
El siguiente día estaba
dedicado íntegramente a conocer una de las ciudades más famosas de esta
comarca. Esta fama se debe a que está considerada como la patria del pulpo a
feira, teniendo su propia fiesta anual donde se cocina y degusta este
cefalópodo en cantidades industriales.
Llegué tempranito (está a solo
28 kms. de Orense) y me di un garbeo por el pueblo sin que me llamara la
atención nada en especial. Nada en especial hasta que al subir por una empinada
calle me tropecé con una gran plaza en la que estaba instalada una “cosa” que
me hizo sentarme en un banco para no caerme de culo.
Se trataba de un adefesio a
modo de catedral de la cual os cuento su historia.
Al parecer es una obra
inacabada de un arquitecto gallego llamado Antonio Palacios (aunque luego
contribuyeron al catedralicidio otros arquitectos y canteros) y fue finalizada
en 1957. Fue financiada mediante suscripción popular (a muchos carballineses
aún les debe doler su aportación) y, sin rodeos ni anestesia, es el mayor
engendro religioso que yo he visto en mi vida.
Está construida con materiales
de la zona (granito y pizarra) y su estilo (dicen los expertos) es de “difícil
definición”. Para que os hagáis una idea del mamotreto que tenía ante mí un
erudito carballinés (omito el nombre) la definió como “el templo es como una
suma teológica de la arquitectura histórica de Galicia, en relación también con
el Camino de Santiago, con la arquitectura inglesa, el atlantismo y con los
modelos y admiración de Palacios a la Escuela Vienesa”. Agárrame esa mosca
por el rabo, añado yo.
Es una mezcolanza sin pies ni
cabeza de arcos pretendidamente románicos, torreones de castillos, arcos que
imitan a los mudéjares, rosetones y óculos colocados sin sentido, una torre a
la que no se puede subir, en fin, es como si hubieran metido en una batidora
diferentes cosas y hubieran colocado al tun tun lo que hubiera salido de allí.
Os dejo fotos para que las
veáis (previa sesión intensa de yoga).
Rodeé "aquello" dando respingos a cada paso.
Como estaba
abierta y en el fondo tengo una vena masoca me decidí a entrar. No me defraudó.
Aquello era una discoteca sin DJ, lucecitas por todos lados, un Cristo
crucificado al fondo que parecía volar y con cara de “yo no he sido, os lo juro por mi Padre” y sobre todo una
imagen impactante de una santa que aún me visita en mis pesadillas.
Sin recuperarme del soponcio
decidí buscar un restaurante que tenía apuntado como uno de los mejores del
lugar para comer el famoso pulpo a feira. Pedí un ribeiro y una tabla pequeña
del susodicho cefalópodo. ¡ pero estaba duro ¡. Al indicárselo a la camarera le
echó la culpa al calor y no sé que otras cosas.
Donde esté un buen pulpo al horno murciano que se quiten todos los
pulpos a feira de Galicia.
Completamente desnortado salí
de allí siendo consciente de que si lee esto algún carballinés seré nombrado
persona non grata de Carballiño para los restos.
Como aún quedaba día por
delante, decidí que una buena idea era acercarme (es un decir) hasta Lugo y
repasar alguna cosa ya conocida de mi viaje anterior por estas tierras. Así que
carretera y manta procurando no caerme si me venía a la mente la imagen de
aquella pobre santa.
Lugo
es la ciudad que posee la muralla romana mejor conservada de toda Europa y que está
en un estado envidiable, pudiendo recorrerla en su totalidad.
Tiene varias puertas de
entrada. Yo penetré por la denominada Puerta del Obispo Aguirre y me dirigí a
un restaurante ya conocido porque eran las 14,30 h. y notaba un ruidito en mi
aparato digestivo.
Aplacado el ruidito fui a darle un repaso a la Catedral de Santa María.
Fue diseñada por el maestro
Raimundo de Monforte, iniciándose su construcción en 1129 y finalizando en
1273, románica por tanto pero con muchas reformas posteriores.
La planta es de cruz latina
con tres naves, crucero y girola con cinco capillas absidiales.
De lo que queda de románico lo
más destacado es la puerta norte, cobijada por un pórtico de principios del S.
XVI y cubierto de una bóveda estrellada.
Dicha portada está formada por tres arquivoltas y guardapolvo con arcos de medio punto y dintel lobulado. Posee una mandorla con un espléndido Pantocrátor sedente del que cuelga un pinjante de gran originalidad con forma de capitel y en donde está representada la Ultima Cena. Tallada en mármol data del S. XII mientras los herrajes de las puertas son del S. XIII.
En los soportales de al lado
hay una curiosa tienda dedicada al mundo de las brujas y meigas, aunque no hay
que confundir estas dos figuras. Las brujas son seres malignos vinculados a la
oscuridad y oscuros rituales, mientras que las meigas son figuras de la cultura
gallega y representan a mujeres sabias, sanadoras y vinculadas con la
naturaleza.
Pues bien, esta tienda posee
en la parte superior del edificio hasta 6 balcones por los que asoman otras
tantas brujas o meigas, sin poder discernir entre unas y otras.
En esos instantes comenzó una
fina lluvia (esto es Galicia, señores) que se transformó en un respetable
aguacero y me obligó a cobijarme en un bar cercano para tomar un café. Desde
allí pude fotografiar otra de las puertas de la muralla denominada Puerta de
Santiago, una de las más antiguas ya que existía en época romana, aunque con
muchas modificaciones. Al parecer era una puerta privada de los canónigos y sus
sirvientes que empleaban para acceder a las huertas situadas en el exterior.
En un templete superior se
colocó una imagen del Apóstol Santiago y debajo el escudo de armas del Obispo
Izquierdo.
El aguacero duró lo que yo
tardé en tomarme el café, así que decidí regresar a por la moto, secarla y
salir de Lugo no fuera a repetirse la lluvia por el camino. Llegada al hotel y
fin del día.
Hasta aquí la primera parte de
mi viaje pero ….. continuará.
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